Rebelión del 2001. El intelectual en su medio.
Por Mariano Cervini
Una vieja sin dientes a los gritos: “No doy más”.Un chico joven, de poco más de 20. “Tengo dos hijos, loco, de cinco años y de dos, y hace dos años que no tengo laburo, loco”.Una mujer de alrededor de 30, desaforada: “Queremos comer, queremos comer”.Escenas de gente caminando tranquila, a la salida de un supermercado, con cajas en la mano.
Página 12, Diario del 19 de Diciembre de 2001
Una mujer grita en medio de la Plaza de Mayo. Es joven. Lleva el pelo recogido y una mochila en la espalda. Los gases lacrimógenos lo van copando todo. ¿No ven que no estamos más en la época de la dictadura, pedazos de simios con armas? Les dice a la montada, que reparte golpes y tiros al aire sin discriminación. Las cámaras de televisión registran la atrocidad policial. En la volteada entran todos aquellos hombres y mujeres, trabajadores, maestros, amas de casa, que fueron llegando a La Plaza. Que se vayan todos. 39 fueron los muertos por el accionar represivo de la policía. Los ahorros de la gente nunca volvieron tal y cómo ellos los habían depositado en los bancos. Fue una de las mayores estafas al pueblo argentino de toda la historia. Una sonrisa socarrona se nos escapa a los que recordamos la frase del entonces presidente interino Eduardo Duhalde: “el que depositó dólares, recibirá dólares”.
El colapso no llegó por arte de magia. Años de políticas neoliberales de exclusión social, ajustes y FMI mediante, llevaron a La Argentina al penoso lugar del que aún le cuesta salir. Muchos fueron y son los interrogantes que surgen a la hora de analizar un momento histórico para lograr tener una visión más transparente de los hechos, pero lo que no puede perderse de vista es el rol social que lleva adelante el intelectual para reflexionar y acompañar los procesos políticos de un país en cambio permanente como La Argentina.
En los últimos diez años, los intelectuales argentinos intervinieron de diferentes maneras en estos procesos políticos. Algunos intelectuales apoyaron a los gobiernos en sus políticas de exclusión queriendo justificar lo injustificable; el hambre, la pobreza, la desnutrición y tantos otros males que las decisiones intencionadas de políticos como Menem o De la Rúa llevaron a límites insospechados. Otros permanecieron atentos, con el espíritu crítico que las situaciones sociales de desamparo requieren. Lo importante en este tiempo es tratar de determinar de manera concreta cuál es el rol del intelectual dentro de la sociedad argentina y qué mecanismos resultan los apropiados para ello.
En su tan comentada última visita, Mario Vargas Llosa declaró, entre otras cosas, a la revista Ñ de Clarín, que en las sociedades actuales, el intelectual que surge es alguien que ya no genera problemas, ni ofrece orientaciones, teniendo como base a que la idea de un discurso crítico que le permita a la sociedad repensarse suena extraño en indeseable. Nada más alejado de la realidad histórica de la sociedad argentina.
Para refutar a Don Mario, valga la siguiente aclaración; el intelectual tiene como función primordial la de tener una visión crítica de la realidad. El intelectual es aquel que considera la realidad desde una conciencia crítica que lo lleve a plantearse salidas, interrogantes, siempre dentro de un marco de discusión que abarque la sociedad en su conjunto.
Los intelectuales argentinos que en 2001 denunciaron de manera activa la falta de justicia social, las políticas de absoluta exclusión, que se hicieron eco de la pobreza, de la falta de oportunidades y el desarraigo son aquellos que intentaron explicar los mecanismos que produjeron el desastre.
Esto se da fundamentalmente por el lazo cada vez más profundo que los intelectuales y el poder político van gestando, un arma de doble filo que el intelectual debe manejar sin olvidar su rol social crítico y activo.
El rol intelectual frente a la política sufrió de cambios importantes desde aquel momento hasta nuestros días. El 2001 fue una cuña que abrió a los intelectuales la posibilidad de encontrar respuestas certeras que acompañen a los movimientos políticos en cambios profundos de modelos que generen mayor inclusión hasta devenir actual, en que los intelectuales más audaces mantienen su espíritu crítico alerta para ofrecer alternativas al profundo cambio que vive La Argentina. Si bien el intelectual puede tomar partido por ciertas ideas políticas y acompañar procesos, no debe nunca perder esa capacidad de poder ver de manera crítica los mecanismos que confluyen en la política actual y criticar lo que considere necesario.
Asimismo, el 2001 es un caso de rebelión social interesante para replantear de manera constante la función primordial del intelectual en la sociedad.
Muchas veces tuve que enfrentarme a la retórica facilista de la clase media en preguntas cómo la siguiente: ¿vos qué te hacés el intelectual preocupado por los pobres si vivís en una casa con calefacción y nunca te faltó nada? La respuesta, si bien es un tanto obvia, remarca el rol intelectual dentro de una sociedad en crisis. El rol de intelectual descansa en un privilegio y una contradicción. Desde mi cosmovisión particular, tener conciencia social de aquel privilegio, y asimismo, conocer el dolor de la exclusión de aquellas grandes mayorías sociales, deriva en que una persona que quiere abolir el propio orden social se convierta en intelectual. Un traidor para el sistema.
Así lo explica uno de los grandes intelectuales argentinos, Vicente Zito Lema: “Creo que esta es la única forma en que un intelectual puede vivir en la contradicción: Cuando tiene conciencia del privilegio del que goza, y cuando tiene plena conciencia de que ese privilegio se funda en el dolor del otro. Desde ese momento, asumo mi rol de intelectual y trabajo, poniendo todo mi conocimiento, para abolir el orden del sistema, con la idea utópica para estos tiempos, de que esa función vuelva a ser ejercida por el conjunto de la sociedad”[1], como Madres y Abuelas de Plaza de Mayo que acompañaron aquella rebelión de 2001, como aquellos trabajadores que salieron a la calle porque no tenían qué comer y estaban desocupados, como aquella chica que menciono al principio de la nota que les gritaba a los policías de la montada.
Tal vez, lo que necesite el intelectual argentino es mayor inclusión en las decisiones políticas de parte de aquellos que tienen el poder. En un país que necesita de la inclusión así como de las instituciones encargadas de generar políticas de integración, es el poder político quién debería dar mayor espacio a los intelectuales para que éstos tengan la posibilidad de mantener un diálogo abierto y no solamente quedarse en opiniones o advertencias frente a lo que consideran justo o injusto. Convocar a pensadores de diversas disciplinas e ideologías muy distintas para enriquecer el debate y de ésta manera lograr un nivel de reflexión que básicamente ayude a comprender no solamente sobre cómo llegamos hasta acá, sino también hacia dónde vamos como sociedad.
2 ésta nota fue publicada en la revista nro. 4 del CEFyL

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